El 8 de diciembre de 1966, al término de la primera Novena a la Inmaculada celebrada en la Universidad de Navarra, tuvo lugar la solemne bendición de la Ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso. Desde el momento en que san Josemaría quiso que fueran los estudiantes de este colegio mayor los encargados de transportar esta imagen hasta Pamplona, los colegiales de Belagua le hemos tenido una gran devoción. En el 50 aniversario de la “ermita del campus”, queremos rendir un homenaje a nuestra Madre ofreciendo aquí la historia de esta talla y esta ermita, tan querida por miles de universitarios.
Texto grabado en la pared trasera de la ermita del campus, en el que sucintamente explica la historia de la imagen.

Texto grabado en la pared trasera de la ermita del campus, en el que sucintamente explica la historia de la imagen.

Mons. José María Escrivá de Balaguer y Albás, Presidente General del Opus Dei, fundador y primer gran canciller de la Universidad de Navarra, movido por su devoción a la santísima Virgen y por su cariño a la Universidad, regaló la imagen de Nuestra Señora Madre del Amor Hermoso, que desde el día 8 de diciembre de 1966 recibe en este lugar la veneración de profesores y alumnos, y de cuantos en ella trabajan.

La imagen, que llegó a Pamplona el 22 de febrero de 1966, fue solemnemente bendecida por Su Santidad Paulo VI el día 21 de noviembre de 1965, con ocasión de la visita que el Santo Padre hizo al “Centro Internazionale per la Gioventu Lavoratrice” que el Opus Dei dirige en el barrio Tiburtino de Roma.

En la pared trasera de la ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso está grabada sobre la piedra una sencilla explicación del origen de la imagen y de la ermita que la cobija. Fue un regalo de san Josemaría Escrivá de Balaguer a la Universidad de Navarra, bendecida por el beato Pablo VI el 21 de noviembre de 1965 y traída hasta Pamplona por colegiales del Colegio Mayor Belagua el 22 de febrero de 1966. Inaugurada por el obispo de Pamplona el 8 de diciembre de 1966, san Josemaría pudo venerarla por primera vez el 23 de abril de 1967.

La imagen fue esculpida por el artista italiano Pasquale Sciancalepore. En la actualidad, la base de la Virgen, contiene una reliquia de san Josemaría que está expuesta para veneración de los fieles.

Pasquale Sciancalepore fue un escultor italiano poseedor de una muy buena técnica en la ejecución de imaginería religiosa de tamaño natural, con proporciones elegantes y un modelado suave y bien equilibrado, alcanzando en sus obras un indudable carácter monumental. En su producción a partir de la década de 1950 se observa una mayor expresividad, sin perder por ello dulzura y amabilidad. Gran parte de sus esculturas están realizadas en mármol de Carrara, si bien no desdeña otros materiales como el bronce.

Sciancalepore se inició en la ejecución de pequeñas obras funerarias, hasta que conoció al Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, quien le encargó varias esculturas con destino a Villa Tevere, sede del gobierno de la Prelatura en Roma. Regalo del Fundador fueron dos de las esculturas más logradas del artista italiano, caso de la Virgen del Amor Hermoso, para la ermita del campus de la Universidad de Navarra, y el Cristo en la Cruz para la capilla del Santísimo del Santuario de Torreciudad (Huesca).

cristo-de-torreciudad-de-sciancalepore-en-yesoEste último, de tamaño natural y ejecutado en bronce dorado, presenta a Cristo vivo, sin haber recibido todavía la lanzada y con los ojos abiertos, invitando al arrepentimiento y a la conversión personales a través de la contemplación del sereno sufrimiento de Cristo por los pecados de la humanidad. Del modelo de este Cristo en yeso se hicieron dos originales, el segundo de los cuales se destinó al Centro Internacional de Cavabianca, asomado al curso romano del Tíber. Precisamente para este centro, Sciancalepore modeló una imagen del Papa San Pío X en 1971. Asimismo, fue uno de los escultores a los que en 1968 se solicitó anteproyecto y presupuesto para el retablo mayor de Torreciudad, al igual que a los italianos Luigi Venturini y Francesco Nagni, y a los españoles Juan Luis Vasallo, Enrique Orejudo y Juan Mayné, quedando encomendado a este último.

Fuentes de información:
PIQUÉ, P., «Paulo VI entre los obreros», Nuestro Tiempo, Vol. XXIV, nº 138, 1965, pp. 649-659. «Ayer se inauguró en Pamplona la ermita universitaria dedicada a Santa María, Madre del Amor Hermoso», Diario de Navarra, 9 de diciembre de 1966.

La imagen de Santa María, Madre del Amor Hermoso, que san Josemaría regaló a la Universidad, es obra del escultor italiano Sciancalepore, quien la esculpió siguiendo sus precisas indicaciones. La Virgen es algo mayor que el tamaño natural, está sentada y sonríe levemente. Con su brazo izquierdo sostiene al Niño que, encima de una pila de libros, bendice con la manito derecha y aprieta una rosa junto a su corazón.

Se conserva la nota autógrafa en la que san Josemaría pidió que se hiciera el encargo. Dice así:

Encargar a Sciancalepore una imagen de la Stma. Virgen con las siguientes características:

1) de tamaño natural, más bien alta;

2) sentada y sosteniendo al Niño Jesús, que estará de pie sobre un rimero de libros;

3) se verán, al menos, los lomos de tres de esos libros: el más bajo, en el que se leerá el título: Derecho Civil; en otro, se leerá Medicina; y, en el más alto, Ius Canonicum;

4) el Niño tendrá una rosa, en la mano izquierda, apretada contra su pecho; y, con la mano derecha, bendecirá.

Dile a Sciancalepore, Jesús, que rece cada día un Avemaría a la Madonna, antes de ponerse a trabajar.

Y añadía, para terminar:

Hay que pensar en el pedestal, que llevará grabado: Sancta Maria, Mater Pulchrae Dilectionis. Ora pro nobis.

La ermita fue proyectada por el profesor de Arquitectura, Heliodoro Dols y esta inspirada en la arquitectura de los antiguos humilladeros que existen en Navarra. Por ella desfilan continuamente profesores, estudiantes, empleados de la Universidad y pobladores de Pamplona. Este incesante movimiento de fervor mariano comenzó el 8 de diciembre de 1966, cuando la imagen fue colocada en su lugar. La bendijo el Arzobispo de Pamplona. En aquella ocasión se recibió un telegrama del Papa Pablo VI en el que imploraba, pero mediación de la Virgen, muchas gracias para toda la familia universitaria.

También puso unas letras san Josemaría. Entre otras cosas, decía:

Al rezar ante esa imagen de la Madre del Amor Hermoso, pedidle que haya siempre -en nuestra Universidad y en el mundo- un ambiente de auténtica convivencia, nacido de la cordial comprensión y del respeto constante para el derecho de los demás.

El beato Pablo VI bendijo la imagen durante una ceremonia en el oratorio del Centro ELIS, en Roma. Aquí se le ve dando la comunión a unos fieles, con la imagen de la Virgen del Campus al fondo.

El beato Pablo VI bendijo la imagen durante una ceremonia en el oratorio del Centro ELIS, en Roma. Aquí se le ve dando la comunión a unos fieles, con la imagen de la Virgen del Campus al fondo. (Foto: La Actualidad Española)

La talla de Nuestra Señora del Amor Hermoso estaba situada en un lateral, junto al altar.

La talla de Nuestra Señora del Amor Hermoso estaba situada en un lateral, junto al altar. (Foto: La Actualidad Española)

La imagen llegó a Pamplona el 22 de febrero de 1966, en la ermita aún no estaba el mosaico de José Alzuet.

La imagen llegó a Pamplona el 22 de febrero de 1966, en la ermita aún no estaba el mosaico de José Alzuet.

San Josemaría visitó por primera vez la ermita el 23 de abril de 1967.

San Josemaría visitó por primera vez la ermita el 23 de abril de 1967.

San Josemaría, con algunas personas junto a la ermita, el 23 de abril de 1967. Entre ellas, a su derecha, el arquitecto de la ermita Ignacio Araujo.

San Josemaría, con algunas personas junto a la ermita, el 23 de abril de 1967.

San Josemaría Escrivá de Balaguer en el transcurso de una tertulia en el salón de actos de Belagua (28 de Noviembre de 1964)

San Josemaría Escrivá de Balaguer en el transcurso de una tertulia en el salón de actos de Belagua (28 de Noviembre de 1964)

El primer día de diciembre de 1964, en el transcurso de una tertulia con colegiales de Belagua, san Josemaría les habló de una talla de la Virgen que se estaba preparando en Roma como regalo a la Universidad de Navarra “Para que Ella bendiga vuestros amores limpios y podáis confiarle vuestras alegrías y las preocupaciones que tengáis”, les dijo. Además, les anunció que le daría mucha alegría que fueran los estudiantes de Belagua los que fueran a Roma a buscarla.

Desde ese momento comenzó la estrecha vinculación que desde este colegio mayor hemos tenido siempre con nuestra Madre del Amor Hermoso, y que se manifiesta en multitud de detalles de cariño filial que, colegial o individualmente, tenemos con Nuestra Señora.

En la imagen aparecen, de izquierda a derecha José Antonio Riestra, Antonio Reina, Jaime Fuentes, Cesar Morales y Humberto Arbeláiz. A medida que identifiquemos a otros, iremos incorporando sus nombres ;)

En la imagen aparecen, de izquierda a derecha José Antonio Riestra, Antonio Reina, Jaime Fuentes, Cesar Morales y Humberto Arbeláiz. A medida que identifiquemos a otros, iremos incorporando sus nombres 😉

Al terminar la tertulia con san Josemaría, a la que se ha aludido arriba, los estudiantes, aún bajo la fuerte y natural emoción por el entrañable encuentro con el Fundador y Gran Canciller de la Universidad de Navarra, decidieron escribirle una carta para pedirle que ya en mayo pudieran traer la imagen al campus. San Josemaría les contestó a los pocos días pidiéndoles paciencia, pues la imagen aún no estaba terminada, pero que ya les avisaría para que, una vez llegado el momento, pudieran ir a Roma para traerla hasta Pamplona.

No hubo que esperar hasta febrero de 1966 para poder verla ya que san Josemaría les invitó a que asistieran a la bendición de la imagen, por parte del beato Pablo VI, el 21 de noviembre de 1965. En la imagen que se muestra aquí, pueden verse a los colegiales de Belagua junto a la imagen de Nuestra Señora del Amor Hermoso en una fotografía que se tomaron al terminar la Misa y la Bendición de la talla.

Pamplona, fiesta de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre de 1964

Querido Padre:

Hemos estado muy cerca de usted en estos días de su estancia en Pamplona. Al principio todo era curiosidad por conocerle, que poco después se convirtió en unas ganas de oírle que apenas podíamos dominar. En muchas ocasiones, bajo el pretexto de mantener el orden con nuestros brazaletes rojos, le robamos más de un beso. En un primer momento, nos parecía una reacción particular de cada uno; sin embargo, después, hablando unos con otros, hemos podido comprobar que se trata de un sentimiento unánime de admiración y cariño hacia su persona y a lo que representa.

Comentando hace unos días en la mesa algunas de las cosas que nos dijo, recordamos con ilusión una idea que nos sugirió en la tertulia que tuvimos con usted el último día: ir a Roma para traernos la imagen de la Santísima Virgen, que usted con tanto cariño está preparando para la Universidad. Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras que dijo respecto a esta imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, que estará presente en el ánimo de los estudiantes y será testigo de las andanzas, problemas y alegrías con que tropiecen a su paso por la Universidad.

Sería una de las mayores alegrías de nuestra vida poder ir a Roma para recoger de sus manos la imagen de la Virgen, poder estar con usted de nuevo –ahora que comprendemos bien lo que esto supone–, y como usted nos ha enseñado, hacer nuestra romería, ‘videre Petrum’.

Padre, le rogamos perdone nuestra audacia, pero queremos decirle que para los cincuenta residentes de Belagua que escribimos esta carta, el mejor regalo de Navidad sería su consentimiento para hacer este viaje, y que ya para el próximo mayo estuviera la Virgen con nosotros.
Con todo nuestro cariño le pedimos su bendición.

Roma, 17 de diciembre de 1964

Queridísimos:

He recibido vuestra cariñosa carta y me habéis conmovido al veros con ese amor firme, joven y alegre a María Santísima.

Me da mucha alegría también vuestro deseo de tener pronto la imagen que os prometí. Desde luego, vosotros la llevaréis a Pamplona y nuestra Madre del Cielo tendrá el orgullo de que seáis sus romeros. Pero, como ya os dije, todavía se tardará más o menos un año para que la escultura esté completamente preparada. Quedaos tranquilos, que se os avisará cuando llegue el momento oportuno.

Dentro de pocos días, sin embargo, os enviarán unas fotografías de esa imagen: podréis así comenzar a tenerle devoción y a encomendar tantas preocupaciones y deseos nobles. Yo también lo haré, pidiéndole por vosotros.

Os recuerdo todavía en medio de tantas personas, en vuestra tarea de “protegerme cariñosa y… fuertemente”. Lo hicisteis muy bien.

Un abrazo, y con los mejores deseos de que tengáis unas santas fiestas de Navidad y Año Nuevo, os bendice con vuestras familias,

Josemaría.

Mons. Jaime Fuentes, obispo de Minas, fue colegial de Belagua y testigo privilegiado del relato que aquí se narra.

Mons. Jaime Fuentes, obispo de Minas, fue colegial de Belagua y testigo privilegiado del relato que aquí se narra.

En octubre de 1964 llegó al Colegio Mayor Belagua procedente de Montevideo don Jaime Fuentes, hoy obispo de Minas (Uruguay), para comenzar la carrera de Periodismo. En 2011 publicó un libro de recuerdos sobre san Josemaría, sus años de universidad, su vocación al Opus Dei, y otras muchas vivencias. El libro lleva por título “Luchar por amor” (Ediciones Cobel) y, precisamente, ofrece un vivísimo testimonio sobre cómo se vivió en Belagua la llegada de Nuestra Señora del Amor Hermoso a la Universidad.

Vaya por delante el agradecimiento de todos los colegiales de Belagua a don Jaime Fuentes por dejarnos poner aquí estos recuerdos que, sin duda, ayudarán a que colegiales, estudiantes y todos quienes tienen devoción a esta imagen crezcan en amor a la Virgen.

Publicamos su testimonio dividido en varios extractos que, para leer, solo hay que desplegarlos pinchando con el cursos en los recuadros correspondientes: Por un lado, “Llegada a Belagua”, en el que narra sus primeros pasos en Pamplona y el descubrimiento de su vocación al Opus Dei. En segundo lugar viene “Encuentro con San Josemaría”, donde se narra cómo conoció Mons. Fuentes al fundador del Opus Dei. Por último, en “Relato de la imagen” se cuenta en primera persona la ceremonia de la bendición de la talla de la Virgen del Campus.

Conocí a san Josemaría Escrivá el 28 de noviembre de 1964. Lo conocí en Pamplona, en el Colegio Mayor Belagua, donde yo residía desde hacía menos de dos meses. Faltaba poco para las cinco de la tarde y la luz era húmeda, como de segunda mano. No obstante, mientras esperaba al fundador del Opus Dei, mi corazón cantaba de contento.

Acababa de empezar a estudiar Periodismo en la Universidad de Navarra, gracias a Juan Pablo Bueno, director de la Residencia Iará, de Montevideo. Juan Pablo, riojano crecido en Barcelona, había llegado a Uruguay en 1958, con 20 años, para sacar adelante la labor apostólica del Opus Dei, que dos años antes habían comenzado don Agustín Falceto y don Gonzalo Bueno. En la Residencia, Juan Pablo había puesto en marcha un club de Periodismo al que yo asistí alguna veces, las suficientes para que él me animara a seguir esta carrera que, en aquella época, no existía con nivel universitario en Uruguay.

Había empezado a ir por Iará invitado por mi hermano Carlos Manuel, que un año atrás había conocido la Obra en Barcelona, durante unos meses que pasó estudiando allí. Del Opus Dei conocía el libro Camino, y en dos ocasiones había asistido en Montevideo a un retiro espiritual predicado por un sacerdote de la Obra.

Las pocas veces que fui por Iará me atrajo su ambiente de alegría y de estudio, aunque el interés por los libros estaba amortiguado por mi cultivo apasionado de la bossa nova y del folklore rioplatense. El caso es que desde el 21 de junio, cuando llegué a España, hasta el 4 de octubre de 1964, en que fui a residir al Colegio Mayor Belagua, mi vida espiritual había mejorado. En este proceso habían intervenido varias personas. En primer lugar mis tíos abuelos Felipe y Pilar, con quienes viví en Barcelona algunas semanas. Gracias a su ejemplo, empecé a acompañarlos a la Misa diaria en la cripta de la Sagrada Familia, que entonces era el sueño grandioso de Gaudí. Cuando llegué a Pamplona comencé a hablar periódicamente con don José Miguel Pero–Sanz, periodista de profesión, que me animaba a tratar de convertir mi vida en algo útil y a ser dócil al querer de Dios.

Al llegar a Belagua me salió al encuentro Diego Ibáñez Langlois, chileno, estudiante de Filosofía y Letras, y sin más nos hicimos amigos. Hablábamos de todo, nos reíamos, organizábamos el mundo; Diego me leía los cuentos que estaba escribiendo; hacíamos un rato de oración…

Una noche de noviembre, antes de cenar, Diego me dijo que quería hablar conmigo y quedamos en vernos más tarde, en mi cuarto, a las diez y media. Sentado en la cama, su espalda contra la pared, mien¬tras fumábamos un Chesterfield, me hizo un planteo radical que, en síntesis, fue este: Dios necesita santos, hombres que se dediquen a Él con alma y vida, que hagan de su trabajo oración y apostolado, porque te¬nemos que cambiar el mundo.

– De acuerdo, ¿y?…, pregunté cuando terminó de hablar.

– Me parece que Dios quiere contar contigo, que puedes ser uno de esos hombres que Dios necesita, que tienes vocación para el Opus Dei.

– ¿Y cómo lo puedo saber?

– Haz oración, piénsalo; no quiero inquietarte…

– ¡Me estás inquietando bastante, la verdad sea dicha!

Cinco meses antes, semejante proyecto me habría dejado indiferente. Ahora, en cambio, este rato de charla hizo que entrara en crisis. Esta es la palabra exacta para designar el estado del alma, cuando inesperadamente se empieza a presentir que Dios puede querer para Sí lo que hasta entonces entendía como absolutamente mío: mi vida.

Pocos días después de la crítica conversación nocturna empezaría un retiro organizado por Belagua. Decidí anotarme, pensando que encontraría ahí el clima adecuado para meditar la propuesta que me había hecho. Antes, fui a hablar con don José Miguel, para ponerle al corriente de lo ocurrido.

Le conté todo, de la a, a la zeta: proyectos de estudio, ilusiones de amores, la crisis… Me escuchó con interés y sin interrumpirme. Después preguntó:

– ¿Y qué piensas hacer?
Le hablé del retiro, seguro de que aprobaría mi idea de apartarme unos días para pensar con calma. No le pareció mal el proyecto, pero tampoco me entusiasmó con él: podía reconocer la voz de Dios, vino a decirme, en un retiro o en la calle.

– Haz lo que quieras, concluyó.

Terminamos la conversación asegurándome que rezaría por mí, para que viera con claridad cuál era la voluntad de Dios. Antes de despedirnos me entregó un folleto en el que describía el Opus Dei, y una estampa de Montserrat Grases, una chica de la Obra que había fallecido seis años antes y que estaba en proceso de beatificación. ¡Qué cara tan alegre!, pensé al verla.

Finalmente, decidí no ir al retiro y quedarme en Belagua haciendo la vida de siempre. Ero la procesión iba por dentro: durante una semana, en mis ratos de oración y a cualquier hora, iban y venían por mi cabeza dos preguntas: ¿por qué a mí?, ¿por qué no?

Para la primera no tenía, ni tengo, ni jamás tendré una respuesta coherente: cuando Dios llama no se fija en las condiciones personales; llama al que Él quiere y con el fin que Él quiere. Para no responder a la segunda pregunta, en cambio, siempre encontraba algún refugio, aunque fuera incómodo, que durante un rato me tranquilizaba… hasta que volvía a presentarse con una radiante hermosura –¿por qué no?– que, al mismo tiempo que me atraía como un imán, me daba miedo.

Una noche, finalmente, fui a hablar con el director de Belagua, decidido a ponerle punto final a la crisis. La hora no fue la mejor, sin duda, pero me atendió con mucho afecto, en pantuflas y con una bata encima del pijama.

Le conté a qué iba a verle, le dije que me parecía que sí, que Dios me llamaba…

–¿Te das cuenta de que te entregas a Dios del todo y para toda la vida?, me preguntó cuando terminé de hablar.

¡Por supuesto que me daba cuenta! Y de que asumía el compromiso de luchar para ser santo, y de hacer apostolado, y de trabajar como un burro y… Pues si quieres, dijo, escríbele una carta al Padre, cuéntale tu historia y le pides pertenecer a la Obra. Lo puedes hacer hoy, o mañana, o cuando quieras. Si no te importa esperar un poco más, la escribo ahora y ya está.

Redacté la carta de un tirón. (Fue una carilla entera, de la que sólo recuerdo tres palabras: “quiero ser santo”). Mientras subía la escalera para ir a mi cuarto, escuché las doce campanadas que daba el reloj de Belagua. Me fui a dormir con una felicidad redonda y blanca como la luna.

“Llegar y besar el santo”. Literalmente, éste fue mi caso: conocer al fundador del Opus Dei a los pocos días de tomar la decisión de embarcarme en la aventura de seguir a Jesucristo en la Obra era una fortuna extraordinaria.

San Josemaría, que desde 1946 residía en Roma, había venido a Pamplona por un doble motivo: la Universidad de Navarra, que él había fundado y de la que era Gran Canciller, iba a otorgar sus primeros doctorados honoris causa. Además, se celebraría la primera Asamblea de la Asociación de Amigos de la Universidad.

A pesar del frío, de la lluvia y de la nieve, que tampoco faltó en aquellos días, Pamplona era una fiesta. Entre 12 y 15 mil personas, procedentes de todas las regiones españolas, habían llegado a la ciudad con el único el objetivo de estar con el Padre.

En 1964, el espíritu del Opus Dei era ya una realidad encarnada en hombres y mujeres de las condiciones más diversas: recuerdo, concretamente, la sorpresa que me causó ver un jeep de mineros asturianos, que llegaron vestidos con sus ropas de trabajo, casco y linterna incluidos… Estas personas sentían por san Josemaría un gran cariño, hecho de afecto filial, de gratitud y de veneración enraizada en la fe, que les movía a pasar por encima de cualquier sacrificio con tal de compartir con él, aunque sólo fuera, un rato de reunión de familia, de tertulia.

A las cinco de la tarde del 28 de noviembre san Josemaría llegó a Belagua. Yo no había tenido tiempo, ni material ni espiritualmente, de formarme una idea de su persona. Mi decisión de entregarme a Dios en el Opus Dei era consecuencia directa de la gracia de Dios y de lo que había aprendido leyendo y meditando Camino: sus palabras me habían llevado a empezar a querer a Jesucristo, que fue lo único que le interesó siempre al fundador de la Obra.

Cuando lo conocí, san Josemaría tenía 62 años. Envuelta en un modo de ser asombrosamente natural y alegre, su real fama de santidad era lo más opuesto a formalidades de cualquier clase. Al llegar a Belagua –yo estaba en la puerta del Colegio Mayor– quien bajó del coche no fue monseñor Josemaría Escrivá, “el autor de Camino” o el Gran Canciller de la Universidad de Navarra: yo vi a un sacerdote de altura mediana, vestido con una elemental sotana negra, que usaba lentes gruesos, y que me sorprendió por su agilidad de movimientos y por su amable sonrisa. Sin detenerse ni un instante tomó del brazo al director de la Residencia y entró. Cruzó el vestíbulo y fue al oratorio. ¡Que Dios os bendiga!, nos dijo a los que se¬guíamos sus pasos. Le acompañaban don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, que pasados los años serían su primer y segundo sucesores.

Después de saludar al Santísimo, mientras se dirigía hacia el salón de actos, pude acercarme a él para darle yo mismo la noticia de mi decisión:

– Padre, soy de Uruguay y el último que…

Siguió su camino, sonriente, mientras me decía en italiano:

Auguri, auguri!

Aquella primera reunión –una auténtica e insólita tertulia de familia en la que participaron trescientas personas– fue inolvidable. ¿Qué dijo, de qué habló? No lo recuerdo… Pero tengo indeleble en la memoria su buen humor, sus respuestas chispeantes, la atención con que escuchaba, la expresividad de sus manos y su hablar rotundo y lleno de comprensión.

Una anécdota se me quedó grabada. En un momento se puso de pie un estudiante africano. No sé qué quería preguntarle al Padre, pero veo a san Josemaría dirigiéndose a él con inmenso cariño y escucho que le pide perdón porque la mayoría de los males que padecen en los países de África, dice, se deben a que los blancos no hemos sabido tratarlos bien.

¿Nos perdonas?… El estudiante está emocionado: un lagrimón recorre su mejilla. El Padre lo anima a acercarse: –¡Ven, que quiero darte un abrazo! El estudiante llega al estrado. La tensión del momento es tal, que una mujer grita algo que me lleva instintivamente a desear: “¡Trágame tierra!”. Dice a voz en cuello: ¡Vivan los negros de alma blanca! Vuelvo a la superficie gracias a la reacción inmediata del Padre, que la corrige con cariño: –¡No, hija mía! Solamente hay una raza: la raza de los hijos de Dios, y todos somos hermanos.

En fin, de aquel primer encuentro no recuerdo nada que no le haya oído después en muchas otras ocasiones similares. Sólo sé que a medida que transcurría el tiempo, más orgulloso me sentía de la decisión que había tomado de pertenecer a la Obra: con este Padre, me sentía capaz de ir al fin del mundo.

Si bien en Uruguay no está arraigada, como en otros países, la costumbre de pedirle al sacerdote su bendición, cuando terminó la tertulia el corazón me llevó a acercarme a san Josemaría, superando la presión de muchos que le rodeaban.

Padre, le pedí asumiendo espontáneamente la representación nacional, ¿me da su bendición, para mí y para todo el Uruguay?

Al escuchar mi petición se detuvo enseguida:
Si, hijo mío, te la doy de todo corazón; ponte de rodillas.

Así lo hice, un poco apretujado. El Padre me dio su bendición sin ningún apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Al ponerme de pie, aún me regaló dos besos con todo cariño.

Han pasado tantos años y yo he debido también dar muchas bendiciones. Es un gesto que, por sencillo, es muy fácil repetirlo con rutina. En aquella primera bendición que recibí de san Josemaría, en cambio, vi reflejada la verdad de lo que escribió en Camino: ¿Quieres de verdad ser santo?. Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y ‘está’ en lo que haces (n. 831). En aquel momento, el capricho de un hijo suyo era lo absolutamente importante, lo que merecía su completa atención.

Durante aquellos días, cuando Pamplona era una fiesta, san Josemaría tuvo en Belagua ocho o diez tertulias, tantas eran las personas que querían verlo. Celebró además la misa en la Catedral, y presidió la Asamblea de Amigos de la Universidad, que se celebró en el Teatro Gayarre.

El 1° de diciembre, cerca del mediodía, cuando ya habían terminado todos los actos previstos, volvió a Belagua por un motivo diferente, que habla por sí mis¬mo de su extraordinaria delicadeza: venía para estar sólo con nosotros, los residentes del Colegio Mayor. Quería agradecernos la ayuda que habíamos prestado (en realidad, nos habíamos divertido enseñando la residencia a los viajeros y cuidando un poco el orden) y para disculparse por haber alterado el ritmo de vida de la residencia…

Reunidos en la sala de estar, lo escuchábamos con atención y conmovidos. Se interesó por nuestros estudios y nos urgió a aprovechar el tiempo. A uno de los residentes le preguntó si tenía novia y le pidió que le enseñara su foto, para bendecirla. Inmediatamente, otros le acercaron las suyas. Fue un rato agradabilísimo.

Antes de despedirse, nos dio una noticia: en Roma estaban haciendo una imagen de la Virgen, dedicada a Santa María, Madre del Amor Hermoso, que quería regalar a la Universidad. Para que Ella bendiga vuestros amores limpios y podáis confiarle vuestras alegrías y las preocupaciones que tengáis, nos dijo.

La noticia fue recibida con un fuerte aplauso, que se repitió al añadir que, cuando estuviera terminada, le daría alegría que fuéramos a Roma a buscarla. Y le dimos un último aplauso cuando le sugirió al director que ese día podrían servirnos algún extraordinario…

Una vez que se había marchado de Belagua, san Josemaría fue el centro de nuestros comentarios: su sencillez, su alegría, los miles de personas que habían venido a verle y las anécdotas que protagonizaron…

Entre tantos recuerdos, la promesa de la imagen ocupaba un lugar de relieve. Espontáneamente, alguien, durante un almuerzo, lanzó esta idea: ¿Y si le escribimos al Padre, para que en mayo podamos tenerla ya aquí? Resultaba bien natural la propuesta, aunque ninguno supiera dónde se colocaría la imagen. No recuerdo quién redactó la carta –seguramente fue un poco entre todos–, que despachamos enseguida, firmada por los cincuenta residentes que más habían colaborado durante los días que el Padre había estado en la Universidad.

No esperábamos una respuesta tan rápida. Llegó a vuelta de correo y serenó los ánimos: “Tardará más o menos un año: se os avisará cuando llegue el momento oportuno”, así nos había escrito y así se cumplió: en noviembre de 1965 nos llegó la esperada noticia: el Padre nos citaba en Roma para el día 21 de ese mes.

Siempre he tenido mucha suerte (la verdad es que no me deja muy tranquilo pensar en rendir cuentas de ella cuando llegue el momento…; confío en la bondad de Dios) y fui uno de los afortunados que viajamos a Roma. Cuando se puso en marcha el tren que nos llevaría, primero a Barcelona y desde ahí a la Ciudad Eterna, los que formábamos parte de la delegación de la Universidad de Navarra no sabíamos que seríamos testigos de un acto verdaderamente histórico.

En noviembre de 1965, el Concilio Vaticano II estaba a punto de terminar y la Iglesia era el centro de interés de los medios de la opinión pública mundial. El día 18 de ese mes, concretamente, más de 2.000 obispos habían votado dos documentos de particular importancia: la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la revelación divina, y el Decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos.

Fue en esas circunstancias de la vida de la Iglesia cuando Pablo VI quiso celebrar la erección de la parroquia de San Juan Bautista al Collatino, en el barrio Tiburtino de Roma, que había confiado a sacerdotes del Opus Dei, e inaugurar los locales del Centro Elis, un instituto de enseñanzas técnicas promovido por miembros de la Obra, junto con otras personas, y de cuya formación espiritual se hacía garante el Opus Dei.

San Josemaría siempre enseñó que, en el orden de los amores, después de Jesucristo y su Madre Santísima está el Papa, el “Vicecristo”, el “dulce Cristo en la tierra”, como también le llamaba utilizando una expresión de Santa Catalina de Siena. La visita del Santo Padre al Centro Elis sería una ocasión especial de manifestarle la veneración y el cariño que él y sus hijos le tenían.

Ha de ser para Pablo VI un motivo de alegría –había dicho días antes– Tenemos que conseguir que pase un rato agradable, que le sirva de descanso; que el cariño que le demostremos le haga olvidar, al menos por unas horas, los graves problemas que pesan en su corazón.

Los que fuimos desde Pamplona, la verdad sea dicha, no teníamos ni mucha ni poca conciencia del marco histórico en el que nos encontrábamos: formábamos un grupo de universitarios con ganas de divertirnos (el viaje fue una tertulia permanente), que viajábamos a Roma con la ilusión de conocer al Papa y de volver a la Universidad acompañados por la imagen de la Virgen que nos regalaría el Padre.

A las cuatro de la tarde del 21 de noviembre comenzó la misa celebrada por el Santo Padre Pablo VI. Adelante, a la izquierda del presbiterio de la iglesia, estaba la imagen de Sancta María Mater Pulchrae Dilectionis, como rezaba el título compuesto con flores de su pedestal. Detrás de ella nos encontrábamos los que habíamos viajado desde Navarra.

Al terminar la celebración, el Papa vino hacia nosotros para bendecir la imagen. (Supe más tarde que san Josemaría, para ahorrarle molestias, había pedido que fuera una bendición sencilla, sólo la señal de la Cruz. Pero Pablo VI quiso bendecirla solemnemente, con la oración que señala el Ritual). Cuando terminó de hacerlo rezó en latín un Avemaría esperando un instante a que respondiéramos. Silencio de nuestra parte, que lo mirábamos como atontados. El Papa, sonriendo y levantando un poco sus brazos, nos animó: Santa María, Mater Dei, ora pro nobis… Entonces reaccionamos: peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.

Acabada la ceremonia, Pablo VI se retiró de la iglesia y, acompañado de san Josemaría, con la comitiva papal y algunas personas de la Obra, fue a recorrer las instalaciones del Centro Elis y de la Scuola Alberghiera Femminile Internazionale aneja que llevan mujeres del Opus Dei.

De a poco se fue vaciando el templo. Por mi parte, y sin ningún motivo especial, en lugar de seguir con los del grupo de Navarra, me dirigí hacia una puerta que comunicaba con un pasillo que desembocaba en un salón grande con filas de sillas, casi todas ya ocupadas por cardenales y obispos. Adelante, una tarima cubierta, un sillón de buena presencia…

Es incómoda la sensación de “colado”, aunque soportable si el motivo la justifica. Así estuve un rato, “protegido” por el escudo de la Universidad de Navarra que lucía en el bolsillo de mi chaqueta. Cuando en un momento todo el salón se puso de pie y comenzó a aplaudir –me sumé a los aplausos con entusiasmo, sin más averiguaciones– supe que estaba a salvo.

Pablo VI había terminado su visita, y era el momento en que san Josemaría quiso expresar sus sentimientos. Desde mi lugar privilegiado, adelante, vi que un mechón de pelo casi caía sobre su frente. Se percibía su emoción al dirigirse al Papa:

Al encontrarnos ahora en Vuestra Presencia acuden a la memoria tantos recuerdos de mi ya largo itinerario romano: en el centro de esos recuerdos, se destaca la Persona Augusta de Vuestra Santidad, que desde el ya lejano 1946 ha querido benévolamente dar fecundos consejos y generosos ánimos a mi humilde persona y a la Obra que empezaba entonces a dar sus primeros pasos en el suelo romano.

El Padre hablaba despacio. Recordó la historia del encargo recibido de Juan XXIII de fundar ese Centro, destinado a la formación de la juventud obrera.

Se detuvo a explicar el clima de libertad en el que se desarrolla la labor de formación que da la Obra: Un clima de libertad, en el que todos se sienten hermanos, bien lejos de la amargura que proviene de la soledad o de la indiferencia. Un clima en el que aprenden a apreciar y a vivir la mutua comprensión, la alegría de una convivencia leal entre los hombres. Mientras san Josemaría hablaba, Pablo VI tenía fijos los ojos en él y asentía a sus afirmaciones. Amamos y respetamos la libertad –continuó el Padre–, y creemos en su valor educativo y pedagógico. Estamos convencidos de que en un clima así se forman almas con libertad interior, y se forjan hombres capaces de vivir responsablemente la doctrina de Cristo.

Cuando terminó su discurso, san Josemaría pidió al Papa su Bendición Apostólica para todos y se dirigió a saludarlo. El Papa no le dejó arrodillarse y lo estrechó en un abrazo.

El Santo Padre tomó la palabra, emocionado, recordando que en la posguerra había visitado el barrio Tiburtino, para socorrer tantas necesidades como allí se vivían, y que un grupo de muchachos le había pedido trabajo. El les preguntó qué sabían hacer… Tutto… cioé, niente!, respondieron. Todo, es decir, ¡nada! No tenían ninguna preparación.

Hemos llevado siempre en el corazón la imagen de aquella escena, continuó el Papa, con el dolor de no haber podido ofrecer el socorro que pedían. Pues bien: aquella amargura encuentra hoy aquí, finalmente, un consuelo. Esta obra parece la respuesta a aquella petición de unos muchachos acobardados y sin trabajo, para formar jóvenes alegres, trabajadores y confiados. La bendecimos de corazón.

De corazón aplaudimos todos, largamente. Después, alumnos del Elis entregaron al Santo Padre algunos regalos. Pablo VI estaba muy contento.

El acto terminaba. San Josemaría se acercó de nuevo al Papa para pedirle la bendición. Vi que Pablo VI le decía algo, a lo que el Padre reaccionó con un gesto negativo, y que se ponía de pie, conmovido… Finalmente, Pablo VI nos dio la bendición.

No queríamos volver a España sin saludar al Padre.

A la mañana siguiente nos acercamos a Villa Tevere, la sede central del Opus Dei. Cuando entramos en la sala de estar nos dijo enseguida, con especial alegría:
Con que Pablo VI hubiera pasado diez minutos felices, me hubiera quedado contento. Pero me quedé corto, hijos. Porque estaban previstas dos horas para la visita, y estuvo tres horas largas. No tenía prisa. Se marchó feliz, feliz.

Supe entonces que, al irse del Centro Elis, el Papa le había dado otro abrazo al Padre, mientras le decía entusiasmado: Tutto, tutto qui è Opus Dei!

Quise saber por qué aquel gesto negativo del Padre al Papa… Y supe que, al pedirle la bendición, Pablo VI le había sugerido algo por completo inusual en aquellos tiempos:
Benediciamo insieme, bendigamos juntos.

La Virgen en su casa
Como escribí en la Introducción, este relato no tie¬ne más propósito que conservar mis recuerdos personales de san Josemaría. Es como un mosaico del fundador del Opus Dei, en el que hasta la tesela más pequeña ocupa su lugar preciso. Si ésta o aquella se desprendieran, no por ello se perdería el retrato, pero no estaría completo. Piezas muy pequeñas son las que
debo colocar ahora.

Al regresar de Roma ya no vivía en Belagua, sino que me había mudado al Colegio Mayor Aralar, sede de un centro internacional en el que reciben la formación en el espíritu del Opus Dei miembros de la Obra de todo el mundo. Vivir en Aralar durante dos cursos fue una fortuna, ya que aquí residía el Padre cada vez que iba a Pamplona y podíamos compartir con él ratos inolvidables.