Recuerdos con Ratzinger

En la vida, es más fácil reconocer la importancia de lo que ocurre con la perspectiva del tiempo. Los que pudieron coincidir con el cardenal Joseph Ratzinger en su estancia en Pamplona en 1998 no podían imaginar que aquel intelectual que acudía la Universidad de Navarra para recibir la investidura como doctor honoris causa iba a ser elegido siete años después Papa.

Durante su estancia en Pamplona (del 30 de enero hasta el 2 de febrero de 1998) se alojó en el Colegio Mayor Belagua, donde tuvo esa primera noche una tertulia con los colegiales del Mayor. Los que acogieron esos días al que después sería elegido como Santo Padre recuerdan aquellas jornadas con especial cariño. Compartimos un breve vídeo del primer encuentro que tuvo Ratzinger en su estancia en la Universidad de Navarra.

Luis Herrera, por entonces vicerrector de Relaciones Internacionales en la Universidad de Navarra, fue uno de los que los traductores del cardenal durante estos días. “Recuerdo la cena en Belagua. Al mismo tiempo que podías percibir su inmensidad como teólogo también te encontrabas con una persona entrañable. Me preguntó por mi familia, por cómo había aprendido alemán. Una personalidad entrañable y humana”.

Una estancia repleta de grandes acontecimientos –principalmente, la investidura como doctor honoris causa, seguida por más de 2.400 personas en directo en el Aula Magna o a través de un circuito cerrado de televisión– y de pequeños detalles, como el que tuvo el cardenal con la Administración del Colegio Mayor y que recibió su réplica por parte de estas. Ratzinger quiso agradecer el servicio prestado regalándoles un ramo de flores. Ellas, viendo que el cardenal tenía sus zapatillas de cama desgastadas, se las cambiaron por unas nuevas. Un gesto que agradeció de corazón.

Compartimos el texto completo de la tertulia celebrada en el Colegio Mayor Belagua el 30 de enero de 1998:

Era evidente a lo largo de aquellos días que el Cardenal Ratzinger se sentía a gusto entre los universitarios: estaba en su ambiente. El nuevo Doctor unía en su vivencia un rico presente con un entrañable pasado: sus años de estudiante universitario y, sobre todo, sus grandes ideales de profesor universitario. No era infrecuente que el Cardenal, al hilo de una pregunta o de una anécdota, evocase sus años de estudio, de investigación y de docencia. Y, desde luego, era evidente que disfrutaba con cada encuentro, que atendía atentamente a cada pregunta. Todos pudimos captar cómo unía en su vivencia un rico presente con un entrañable pasado: sus años de estudiante y, sobre todo, sus grandes ideales como profesor universitario.

Así se puso de manifiesto la primera noche de su estancia en Pamplona. La tarde del día 40 había llegado cansado del largo viaje desde Roma. El primer ‘encuentro’ de esas jornadas tuvo lugar en el propio Colegio Mayor Belagua, que le hospedaba, con la tuna de la Universidad. “La gentil figura de la tradición”, “con su rumor de capas”, hizo olvidar a Joseph Ratzinger cansancios y retrasos en aeropuertos. Después de cenar, estuvo departiendo distendidamente con residentes en la sala de estar. En principio, después del ajetreo del viaje, iba a ser una sencilla toma de contacto. Las preguntas y las respuestas fueron prolongándose insensiblemente, con esa pérdida del sentido del paso del tiempo que acontece frecuentemente entre los universitarios cuando apasionan los temas de que se está hablando. El lector puede deducirlo de aquel coloquio espontáneo que se transcribe a continuación.  

Soy cubano. Me gustaría, en su persona, agradecer al Papa el mensaje de verdad y esperanza que ha traído a todos los cubanos y que nos ha llenado de ilusión. Este mensaje incluye la reconciliación para todos: Juan Pablo II ha planteado que sólo Dios puede unir a todos los cubanos y puede cambiar la isla. ¿Quizá sea este el momento de una «teología de la reconciliación»?  

Se puede hablar de que, ya en los años ochenta, se desarrolla en América Latina una teología de la reconciliación como complemento a la teología de la liberación. Está claro que la libertad sin verdad no es verdadera libertad y que sólo la verdad puede reconciliar. Es decir, frente a ese carácter unilateral de la teología de la liberación, que sólo consiguió separar a las personas, se fue desarrollando la teología de la reconciliación, que buscaba la paz entre las personas partiendo de la comunidad en la fe. Yo estoy realmente muy agradecido de que el Santo Padre haya vuelto a recuperar la teología de la reconciliación, que completa la teología de la liberación y la sitúa en su verdadero contexto. Es verdad que la teología de la reconciliación no está muy desarrollada, pero quizá a raíz de este viaje surja un nuevo impulso y, precisamente desde América Latina, se pueda ir desarrollando.

Buenas noches. Me llamo Antonio, desde hace cuatro años tengo la suerte de vivir en esta casa y estudiar Economía en la Facultad de Económicas de la Universidad de Navarra. A raíz del interés progresivo por los estudios económicos, me propusieron la posibilidad de ser Profesor Ayudante. Tengo la oportunidad de tratar con muchos jóvenes y veo cómo, entre los valores predominantes, está el ganar más dinero, tener más prestigio, ser más que los demás. Yo pienso que lo más importante es servir a los demás, y que haciendo Economía puedo servirles ayudando a satisfacer mejor sus necesidades. Mi pregunta es: ¿qué valores piensa usted que deberíamos transmitir y fomentar entre los estudiantes, sabiendo que el dinero es hoy un valor predominante?

Me parece que has planteado una pregunta muy importante, porque el sistema capitalista y liberal, en sus raíces, es un sistema materialista, y por lo tanto tampoco tan radicalmente distinto de los sistemas marxistas que han existido: también promete, a través de lo material, un mayor bienestar y, por consiguiente, la felicidad. Pero sabemos y vemos que la riqueza no produce la felicidad; es más, puede producir multitud de problemas: se ve que entre familias ricas aparecen problemas de drogas, de protesta entre ellos, y esa llamada a tener cada vez más, a ansiar cada vez más. La posesión de algo sólo tiene valor si está en función de los bienes espirituales. Por eso, tenemos que educar a no buscar primeramente la posesión y el éxito, sino enseñar también a prescindir de cosas, enseñar el valor de la sencillez, de la simplicidad, de la solidaridad con los demás. Ahora bien, esto sólo se puede vivir si Dios está en el centro de la vida, si dejamos que Él nos apele como persona, si desde Él vamos desarrollando un sistema de valores en el que adquiere sentido el prescindir de cosas y también el poseerlas, puesto que pueden ponerse al servicio de los demás. Lo primero que hay que enseñar, me parece a mí, es la propia fe: llevar a las personas a la amistad con Dios y con Jesucristo. Y luego, a partir de ahí, ir desarrollando el sistema de valores del Evangelio, porque sólo ahí los valores materiales adquieren un sentido. Sólo ahí también el éxito adquiere un sentido, que se puede convertir en un instrumento de servicio. Tienen los valores materiales un sentido positivo sólo cuando se ponen al servicio de los valores espirituales, porque entonces ayudan realmente a superar la pobreza, a superar los problemas.

He estado en varios encuentros del Papa con la juventud, en Santiago, en París… Allí nos ha hablado de que somos la esperanza de la Iglesia, del mundo. Lo que percibo entre la juventud es que hay una respuesta muy positiva ante el Papa, pero tal vez los contenidos doctrinales y éticos que 50 explica no tienen el mismo seguimiento. ¿Cómo cree usted que debemos afrontar el mensaje de esperanza del Papa de darle la vuelta al mundo?

 Pienso que hay que seguir el orden correcto. Puede que no tenga ningún sentido tratar de los valores morales más complicados, sin empezar por el descubrimiento de lo positivo que resulta que se nos regale la fe y abrirse a ese regalo. Esa fuerza de la fe, ese impulso del descubrimiento de la fe lleva también a la superación de aquello que hay que superar y a ir configurando una vida de acuerdo con unos principios. En el Antiguo Testamento se dice: «La alegría de Dios es nuestra fuerza», y después del exilio lo que hacen los sacerdotes es redescubrirle al pueblo esa alegría de Dios y, a partir de ahí, la alegría de la Ley. Por tanto, el punto de partida debe ser esa alegría de Dios, esa alegría de saber que no estamos solos y abandonados en el mundo, esa alegría de saber que no estamos en un mundo lleno de enigmas sin solución: tenemos a Jesucristo, la palabra viva de Dios que da respuesta a esas preguntas. Lo primero es alegrarse, alegrarse de que Dios es así, de que Dios es mi amigo, de que Dios me conoce, y también la alegría de conocer la pertenencia a la Iglesia. Partiendo de esa alegría de la amistad con Dios, también se está dispuesto a aceptar las condiciones de esa amistad, se está dispuesto a superar lo que es incompatible con esa amistad. La alegría de conocer a Dios también es una alegría que va creando vínculos humanos: la alegría de saberse perteneciente a esa gran comunidad de la Iglesia, a esa gran comunión de los santos, y también la alegría de saberse perteneciente a comunidades más concretas como puede ser el Opus Dei y otras instituciones en la Iglesia. Y eso también va creando unas amistades, un humus, y de forma natural se va intentando superar lo que es incompatible con esa amistad y se va incorporando el programa de vida cristiano poco a poco, paso a paso, porque las cosas no caen del cielo.

 

Me llamo Héctor Devesa. Estudio Arquitectura. Soy un apasionado de la música, sobre todo me gusta el canto coral polifónico. En el Colegio tenemos un coro y procuro que se cante mucho… Con respecto a lo que está hablando, en la Universidad hay bastante gente practicante, hay una vida de piedad profunda en muchos estudiantes. Algunos, al llegar a la Universidad, al ver esa vida de piedad se quedan sorprendidos y se remueven. Quisiera que usted nos hablara un poco de la posibilidad que tenemos todos nosotros de acercar a la gente a tener un trato más íntimo con el Señor, del apostolado que se puede hacer en la Universidad.

En primer lugar, debo alabar el que se cuide la música polifónica, que ya de por sí es una expresión de la belleza de la fe, y la belleza tiene la fuerza de la convicción. Hay muchas personas que en el arte —ya sea en la música, en la pintura, en las artes plásticas— intuyen a Dios y por eso la belleza es una gran fuerza de la Iglesia y hay que cuidarla. Esto lo entienden muchos, y ese cuidar la belleza ya es una forma de apostolado. En cuanto a otros aspectos del apostolado, creo que se trata de una cuestión muy personal. Hay actividades organizadas institucionalmente: actos litúrgicos, conferencias… Hay muchas posibilidades, desde el retiro, con ese cuidado del silencio, la lectura de la Sagrada Escritura, el contacto con autores espirituales, el llevar hacia la liturgia. Pero, por supuesto, individualmente cada persona tiene la posibilidad y el encargo del apostolado. Habrá personas con las que rápidamente se pueda entrar en una conversación sobre temas de fe, entablar una amistad y transmitir las propias vivencias. En otros casos, en cambio, esa entrada directa puede llevar a un efecto contrario de choque, de rechazo, y habrá que empezar hablando con cuidad o de otros temas comunes que vayan fomentando la amistad, acercando poco a poco a esos amigos hacia personas que viven la fe, hacia un ambiente donde se vive la fe, y luego se podrá hablar directamente de estos temas. Pienso que en cualquier caso el apostolado individual exige muchísimo tacto por parte de la persona, la capacidad de distinguir qué es lo adecuado en este momento, qué es lo que ayuda o lo que produciría un rechazo. Hay que conocer los elementos básicos de ese acercamiento a la fe: la amistad, el contacto con personas o grupos que vivan desde la fe, la disposición de hablar de las cosas, la lectura de autores que pueda n ayudar y el acercamiento a las funciones litúrgicas. Y ahí lo personal y lo institucional se funden, porque lo persona l lleva a la comunidad y la comunidad ayuda a su vez a la persona a ir descubriendo la fe.

Soy el Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad, donde estudian 1.300 alumnos. La Facultad cumple ahora 40 años, es la más antigua de España en esta materia y comenzó cuando no había tradición de estudios de Periodismo, de Comunicación, porque el fundador de la Universidad, el beato Josemaría, era consciente de la influencia que tenía en la opinión pública la gente que se dedica a estas tareas. Cada año salen de esta Facultad 300 personas que trabajan en diarios, revistas, radio, televisión, cine, publicidad… Intentamos que sean personas que defiendan la verdad, que sepan rectificar cuando se equivocan, que sean honrados, que respeten la intimidad de las personas, que contrasten sus fuentes… Sin embargo, en algún caso vemos que con el paso del tiempo hay algunos que no son capaces de resistir fuertes presiones ideológicas, políticas, económicas… Yo quería preguntarle si tiene alguna idea que nos pueda iluminar para formar gente que toda su vida respete la verdad, que toda su vida sea honrada, que toda su vida sea coherente en esta tarea de la opinión pública.

La verdad es que yo hubiera esperado que un Decano de la Facultad de la Comunicación con tanta experiencia nos hubiera dado una solución a este problema…, porque efectivamente nos preocupa que haya personas bien formadas y realmente de buena voluntad que acaben sucumbiendo a la ley del ambiente en que viven. Los medios de comunicación tienen hoy su propia ley y es muy fácil sucumbir a ella; esa ley que busca más lo sensacional que lo ordinario, lo normal, y que por eso también da más cabida al mal que al bien. Mi experiencia es que resulta muy difícil resistir verdaderamente a esa presión. Y cuando el señor Decano ha empezado a hablar, yo he esperado a que nos diera alguna s pauta s de cómo se puede aguantar en ese camino toda la vida. Por una parte, me consuela también que el señor Decano tenga y vea estos problemas.

Tenemos que desear que haya medios que realmente fomenten el bien, que realmente fomente n el canon de la verdadera humanidad, es decir, de la humanidad cristiana. Yo no tengo ninguna receta. Se me ocurren algunas cosas. Por una parte, creo que es muy importante acompañar continuamente a estas personas, no dejarlas, no abandonarlas en ese medio que tiene tanta fuerza, sino crear un contrapunto, un medio alternativo manteniendo siempre ese trasfondo distinto, es decir, que ese trasfondo en el que hayan sido formados esté siempre presente en su vida y en su cabeza Acompañarles, crear un contrapeso, crear un segundo ambiente. Y, en segundo lugar, me parece importante que puedan tener con cierta regularidad un descanso en el que puedan respirar hondo, en el que puedan recuperarse, unas semanas con unas reuniones o lo que sea, lo que en términos universitarios se llama un año sabático. Introducir regularmente temporadas sabáticas para los periodistas en las que puedan recuperar ese supuesto intelectual, ese supuesto moral, que les permitan ordenar de nuevo sus ideas. Que haya unas pausas, unos descansos de trabajos quizá menos agobiantes, tiempos que se puedan dedicar a escribir un libro o a trabajar una temporada en un buen periódico donde quizá la presión sea menor que en una cadena de televisión…

 En primer lugar, le quería agradecer la tertulia que estamos teniendo. Suponemos que usted está cansado, realmente nos está ayudando mucho, nos está haciendo pensar. Me llamo Manuel García Clavel y estudié Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad. Si Dios quiere, en unos días presentaré mi tesis doctoral sobre lenguajes de promoción basados en lógica matemática. He tenido la suerte de realizar la mayor parte de mi investigación doctoral en la Standford University (California). Una realidad que me he encontrado en los Estados Unidos y en los congresos internacionales a los que he podido acudir en los últimos años es que la ciencia moderna no parece estar hecha por mentes cristianas. Los cristianos estamos pagando un alto precio por ese hecho. A veces temo que lo que se dijo hace ya un siglo de que la religión es el opio del pueblo, de hecho, nos haya podido ocurrir en la ciencia: que de alguna forma el saber por la fe que este no es el mundo definitivo nos haya llevado a no tomarnos en serio la realidad de este mundo. En su autobiografía trata el tema de la escatología y cómo influye en nuestra vida. Me gustaría que iluminase mis dudas.

Realmente no es fácil decir ahora en pocas palabras algo sensato al respecto. La ciencia moderna ha sido hecha por no cristianos en el sentido en que se ha basado en una metodología en la que Dios no debe aparecer. Eso no quiere decir que se niegue a Dios, sino simplemente que en la metodología no puede aparecer. Y, sin embargo, se ha construido un método con el que se quiere explicar toda la realidad, es decir, la metodología ha ido construyendo un mundo, que es nuestro mundo, y que a la vez debe ser u n mundo sin Dios. Vivimos un mundo construido por la ciencia que pretende explicar todo el mundo en el que vivimos. Y Dios está junto a aquello que determina nuestra vida, y nuestro problema es ahora cómo juntar ambas cosas, cómo casarlas. Luego está el matiz de que los cristianos han abandonado el mundo pensando excesivamente en el más allá y que, por tanto, no se han ocupado con tanta fuerza de este mundo. Esto es una forma de autocrítica cristiana que efectivamente tenemos que ejercer y a la que tenemos que dar una respuesta.

Me parece que a partir de aquí sería muy difícil decir algo válido, y por eso propongo hacerlo de forma muy resumida, diciendo que si perdemos completamente de vista lo eterno, entonces también lo intramundano pierde su valor, porque se agota en ese breve periodo en el que vivimos. Por lo tanto, también desde un punto de vista humano es necesario abrirse a la eternidad y abrirse a Dios. Ahora bien, si a partir de ahí se descuida lo terreno, entonces se ha entendido de forma equivocada a Dios y a la eternidad, porque precisamente la fe en Dios y la fe en la eternidad lleva a reforzar la responsabilidad p o r lo terreno, porque en cada momento de mi vida yo voy creando eternidad y si descuido ese devenir terreno, ese hacer eternidad en lo temporal, entro en una contradicción conmigo mismo. Me parece que eso es lo que tenemos que aprender: que sin la eternidad no se puede vivir porque el tiempo se queda vacío, pero que sólo si ese saber de la eternidad llega a llenar plenamente este tiempo, entonces eso adquiere sentido. En cierta medida es muy abstracto, pero quizá he conseguido en parte responder a tu pregunta.